BIOGRAFÍA DE SAN ROQUE DE MONTPELLIER

 
 

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Llanes se moderniza constantemente,
cada vez es más bello, más atrayente;
en ese plan
pronto será un pequeño San Sebastián.

Sus calles están limpias, sin un papel,
y algunas convertidas en un vergel;
mil florecillas
las perfuman y adornan por las orillas.

Se abrió la nueva calle del torreón
y se hacen grandes obras en El Sablón;
cuando den fin
ha de ser una playa de gran postín

Se van a hacer viviendas de poca renta,
una plaza de abastos también se intenta
y el Gran Colegio
que será, según dicen, de lo más regio

A Llanes se le cuida de mil maneras,
se pavimentan calles, plazas y aceras;
sin regateos,
se arreglan sus jardines y sus paseos.
¡ Ya ven el de San Pedro!

No hay otra villa
que tenga entre sus joyas tal maravilla; ¡hasta los suizos
se quedarían pasmados de sus hechizos!

Todos vemos con gusto cómo progresa esta villa de encanto que la mar Besa; está muy bien que se convierta a Llanes en un Edén.

¡Ay! pero yo me enciendo como una fragua,
al ver que muchos pueblos están sin agua;
y las escuelas . . .
¡cómo cuando eran niñas nuestras abuelas!

 

 
 
 
 

 

San Roque nació en Montpellier, de una familia sumamente rica. Muertos sus padres, él vendió todas sus posesiones, repartió el dinero entre los pobres y se fue como un pobre peregrino hacia Roma a visitar santuarios.

Y en ese tiempo estalló la peste de tifo y las gentes se morían por montones por todas partes. Roque se dedicó entonces a atender a los más abandonados. A muchos logró conseguirles la curación con sólo hacerles la señal de la Santa Cruz sobre su frente. A muchísimos ayudó a bien morir, y él mismo les hacía la sepultura, porque nadie se atrevía a acercárseles por temor al contagio.

Con todos practicaba la más exquisita caridad. Así llegó hasta Roma, y en esa ciudad se dedicó a atender a los más peligrosos de los apestados. La gente decía al verlo: "Ahí va el santo".

Y un día mientras atendía a un enfermo grave, se sintió también él contagiado de la enfermedad. Su cuerpo se llenó de manchas negras y de úlceras. Para no ser molesto a nadie, se retiró a un bosque solitario, y en el sitio donde él se refugió, ahí nació un aljibe de agua cristalina, con la cual se refrescaba.

Y sucedió que un perro de una casa importante de la ciudad empezó a tomar cada día un pan de la mesa de su amo e irse al bosque a llevárselo a Roque. Después de varios días de repetirse el hecho, al dueño le entró curiosidad, y siguió los pasos del perro, hasta que encontró al pobre llaguiento, en el bosque. Entonces se llevó a Roque a su casa y lo curó de sus llagas y enfermedades.

 

Apenas se sintió curado dispuso el santo volver a su ciudad de Montpellier. Pero al llegar a la ciudad, que estaba en guerra, los militares lo confundieron con un espía y lo encarcelaron. Y así estuvo 5 años en la prisión, consolando a los demás prisioneros y ofreciendo sus penas y humillaciones por la salvación de las almas.

Y un 15 de agosto, del año 1378, fiesta de la Asunción de la Virgen Santísima, murió como un santo. Al prepararlo para echarlo al ataúd descubrieron en su pecho una señal de la cruz que su padre le había trazado de pequeñito y se dieron cuenta de que era hijo del que había sido gobernador de la ciudad.

Toda la gente de Montpellier acudió a sus funerales, y desde entonces empezó a conseguir de Dios admirables milagros y no ha dejado de conseguirlos por montones en tantos siglos.
Lo pintan con su bastón y sombrero de peregrino, señalando con la mano una de sus llagas y con su perro al lado, ofreciéndole el pan.

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