Un foraneo en las fiestas de San Roque

 


rometo por mi honor que nunca más volveré a las fiestas de San Roque del Acebal!
Sé que suena muy fuerte esta promesa inicial, pero tiene su explicación, y eso es lo que voy a tratar de concretar en el resto del escrito, lo que sigue:

legamos al pueblo a media mañana del sábado y, y tras cruzar milagrosamente de un lado a otro la carretera, descargamos las bolsas, reconocimos el terreno por encima, y fuimos a bañarnos a la playa de Andrín, esquivando los coches (preferentemente con matrícula de afuera, aunque eso, ahora, ya no se distingue mucho).

isfrutamos como enanos por el paisaje, la suavidad de la arena, la frescura del agua… relativamente tranquila (porque el domingo volvimos a bañarnos y ya no lo pasamos tan bien: había un poco más de movimiento y demasiadas olas cruzadas); en resumen, buen baño y un paseo hasta la playa que ya no me convenció tanto, pues tal vez resultaría más bucólico si los coches no pudiesen llegar hasta casi la misma orilla del mar (aunque ése es un problema general a la mayoría de playas asturianas, así que no tiene remedio).

uego, con el hambre que da un buen baño, comimos como si llevásemos una semana sin hacerlo; un pequeño descanso y derechos al barrio que llaman “Caminu Real” (yo prefiero el término “camín”, pero me callo, ellos son quienes viven allí y lo llaman como les da la gana), y ahí comencé a vislumbrar lo que significaban las fiestas de San Roque para nuestros amigos: diversión, sí, pero con trabajo.

a estaban terminadas las dos “carrocinas” que llevarían a cuestas el día del patrón, la madreña y la botella de sidra con escanciador incluído, que les habían llevado muchas horas de ocio y de dedicación durante todo el año con la única gratificación de “cumplir”, como tienen que hacer los del barrio, porque esta gente parece que tiene una especie de “compromiso” con el pueblo desde el momento en que nacen.

asamos la tarde preparando la cena a la que asistiríamos yo creo que más de treinta personas (entre grandes y pequeños), además de hacer alguna escapada como la de ir a hablar con un ex–alcalde del pueblo (cuyo nombre no recuerdo, el del ex-alcalde, no el del pueblo –que bien me lo me lo remachaban los nativos una y otra vez: “San Roque, San Roque, San Roque…”-, y por ello pido perdón) para solicitarle que diese el pregón de las fiestas. De muy buenos modos nos recibió y accedió.

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a cena fue apoteósica; todos los manjares estaban exquisitos (ya sé que es feo señalar, pero que nadie se ofenda si destaco el pescao que preparó Loli -creo que se llamaba “dentón”-, cazado a punta de pistola por su futuro yerno, David, y los exquisitos postres elaborados por la madre del también yernísimo, en este caso hijo (pero reitero que todo estaba delicioso porque, aunque sé de buena mano que esta gente no es rencorosa, temo la venganza).

omo colofón tuvimos unos fuegos artificiales que darían envidia a la ciudad de donde procedíamos los allegados, Gijón, y una especie de competición entre grandes y chicos que, diplomáticamente, perdimos los grandes porque, entre otras cosas, los chicos tenían el apoyo de grandes camuflados que nos consideraban a los demás como detestables Herodes. Bien estuvo la primera noche.

l segundo día, domingo, trajo consigo una madrugada algo sospechosa en cuanto a lluvia (ya se sabe que Llanes tiene un microclima especial, pero siempre que vamos mi mujer y yo, llueve) que acabó en baño algo menos relajado que el día anterior; buena comida que no falte, y un paseo por todos los barrios del pueblo para acabar la tarde escuchando un recital de tonada asturiana en la que estaban todos los que tenían que estar, y alguno más, tanto de cantantes como de público.

omo fin de fiesta, hubo una verbena un tanto desangelada porque los cantantes invitados eran más partidarios de la apariencia y de los numeritos que de la marcha (ésta es una opinión particular en la que no quiero involucrar a nadie), pero lo que yo no sabía era que la verdadera marcha comenzaría al día siguiente.

unes. Había que plantar la joguera por la tarde. Así que, para coger fuerzas y hacer algún recado, nos fuimos a desayunar a Llanes y tomamos un exquisito chocolate con churros en un hotel recomendado por el sanrocudo más llambión, Kike Collado. La joguera estuvo complicada y en un tris de no ser bien plantada; al final, con la colaboración de todosy la mala leche de los entendidos que reñían como fieras a los inocentes voluntarios (se supone que un poco de mala leche es necesaria en determinadas ocasiones aunque los que sujeten la cuerda sean voluntarios inocentes que todo lo perdonan en pos del resultado final), se logró que estuviese más o menos recta, al menos hasta el día siguiente, y así acabamos la jornada comiendo costilles y criollos y bailando con un grupo de Avilés que felicitó el cumpleaños de Toño, aunque se produjo una pequeña confusión por el nombre que el sinvergüenza de turno le dio al cantante y que no merece la pena comentar porque, como se suele decir en términos taurinos, el cantante se recreó en la suerte.  

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